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UN CORTOMETRAJE DE GARCÍA MAROTO





         




                

     

           Esta Entrada está dedicada a toda la gente joven -o no tan joven- que quiere hacer Cine, que tiene cosas que contar y empieza rodando uno o varios cortometrajes. Afortunadamente los medios técnicos se han abaratado sensiblemente, los canales de difusión son accesibles a todo el mundo y existe además un sinfín de certámenes a los que se  puede acceder para que se conozca esa primera producción hecha con esfuerzo, ilusiones y muchas cosas más. Y como este Blog está dedicado al Cine clásico español, vamos a homenajear a todos los cineastas principiantes de ayer y de hoy en la persona y en la obra de Eduardo García Maroto, actor ocasional (8 títulos), técnico de laboratorio, montador (23 títulos), guionista (13 títulos), operador tras la cámara, director (19 títulos) y también promotor de nuestro Cine el cual además, fue durante un tiempo Decano del Cine Español. Él comenzó haciendo cortos, y vamos a detenernos en el primero de ellos, rodado nada menos que antes de la Guerra. Si se cacarea a los cuatro vientos y se adorna con plumas, glamour y stardust que "somos Cine, cultura europea" no podemos ignorar la Historia de ese Cine que somos. Y fuimos.

         Hablando de cortometrajes, recordaremos aquí que en 1947 se creó el I.I.E.C. (Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas) que éste, en 1962 e impulsado por los aires de renovación se convirtió en la E.O.C. (Escuela Oficial de Cinematografía) y que en 1976 pasó a integrarse en la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense de Madrid. Viene a cuento porque el trabajo de final de Carrera o de Grado de los estudiantes de los citados centros de formación cinematográfica consistía en la realización de un cortometraje. Eran jóvenes cuyos nombres no decían nada pero que prometían mucho. No hace falta detallar los directores, guionistas, técnicos y actores formados en dichas instituciones a lo largo de los años. El material que se conserva está firmado por realizadores que después han alcanzado fama y reconocimiento.


La "Parvo" de 35 mm. Herramienta habitual de los alumnos.


        También ha habido profesionales que han aprendido por libre, movidos por la afición, y ese fue el caso de nuestro prota de hoy.  Vamos a contar algo de su vida sin ponernos pesados: Eduardo Gª Maroto,  nació en Jaen en 1903  en el seno de una familia de clase media (padre, madre y siete hijos) y su juventud fue la típica de aquellos tiempos menos fáciles. Aunque el relato parece comenzar como en Raza, (el montaje del film le tocó a él) los datos biográficos que aportamos son reales: Su padre estuvo en la campaña de Cuba y años más tarde a él le tocó ir a la Guerra del Rif en Larache, durante su servicio militar.
 



       Vuelto ya a la Patria se esforzó cuanto pudo para ser independiente: preparó sin éxito oposiciones a Correos y terminó con un empleo más modesto; pero el que la sigue la consigue y como lo que él quería era hacer cine, terminó dedicando su vida a ello. En 1924 se encontraba ya currando de lo que podía y a la vez trabajando de montador en Madrid Film. Como ayudante de operador intervino en  trabajos de José Buchs, Nemesio Sobrevila o Agustín Carrasco. Total, 13 producciones cinematográficas antes de llegar el sonoro. Como era tan aplicado, le enviaron a París para que se trajese los conocimientos y experiencia necesarios en el campo del novedoso cine parlante

                         

Los Estudios C.E.A. y su famoso puente.

                          Lógicamente terminó dirigiendo, tal y como él había deseado desde bien joven. Fueron 19 títulos en total. Todos sus trabajos, en los que a menudo hacía también el montaje, llevaron siempre un sello de calidad..y casi todos dieron suficientes ganancias.          

                 También, desde 1955 hasta 1970, se le contrató hasta en nueve ocasiones como Director de Producción en películas estadounidenses rodadas en España: Espartaco (1960) y Patton (1970) fueron un par de ellas. Hizo también crítica de Cine y Teatro. Muchos años más tarde, con más de 70 años y bajo el seudónimo de Marisa Barba publicaba artículos en la revista Hermano Lobo, todo un punto de inflexión para quienes vivieron el final de la Dictadura. Resulta curioso que se trate del mismo experto en montaje cinematográfico al que encomendaron la mayoría de los films propagandistas del bando sublevado. Luces y sombras de nuestra Historia que creemos se debe contemplar sin recurrir al cliché, a menudo ignorante y maniqueo. 

                                       

                                       

        


          Volvamos a sus comienzos. Analizando el tipo de Cine que se hacía y las películas españolas que se proyectaban en las salas, observó que el humor brillaba por su ausencia, considerado un género sin futuro salvo adaptaciones zarzueleras y comedias musicales. Pero  el material cómico que llegaba del extranjero desde hacía muchos años, cortos y medio metrajes mudos, humorísticos, atraía al público hasta el punto de que con el sonoro sobrevivieron como complemento en la programación de las salas. Sus protagonistas eran Chaplin, Coogan, Ben Turpin, Harold Lloyd, Buster Keaton y un largo etcétera; tan populares entre el público que éste los rebautizó como Charlot, Chiquilín, Pamplinas, Gafitas o Tomasín. Había salas especializadas en la proyección de ese tipo de cine hasta bien entrados los años 30. Los gags a base de coches suicidas, trenes a toda velocidad y batallas de tartas, seguían gustando.



           
        
    Eduardo pensó entonces en rodar una serie de cortos "de fabricación nacional", de género humorístico y que pudiesen competir con los norteamericanos. ¿Porqué no?. Fue el único que pensó hacer tal cosa,  con pocos medios y el sempiterno rechazo a las innovaciones, pero su entusiasmo juvenil no conocía el desánimo. Finalmente fueron tres cortometrajes: Una de fieras (1935), Una de miedo (1935) y Ahora una de ladrones (1936). 

    Para el primero, Una de fieras, del que se ocupa esta Entrada, el primer desafío fue conseguir el dinero para rodar. Lo reunió gracias a las aportaciones de 500 o 1.000 pesetas de su hermano, amigos y familiares. El coste total de la película fue de 14.000 pts. El siguiente reto fue la ambientación. A aquellas alturas los españoles habían visto ya muchas películas cuya acción se desarrollaba en el África profunda y misteriosa, sobre todo las de Tarzán y entre éstas últimas, las del popularísimo Weissmüller. Ya se sabe: animales feroces, porteadores temerosos, nativos sanguinarios y penalidades sin fin. La MGM había creado un género y lo explotaba a conciencia, película tras película. Eduardo -como muchos espectadores- sabía que para los rodajes aquellos Estudios disponían en sus instalaciones de un auténtico jardín botánico tropical, además de una generosa dotación de animales salvajes. Pero también sabía, porque se notaba en el montaje, que para "sacar" en una película una fiera se recurría a fragmentos de documentales, así que pensó en hacer lo propio. Después, para rodar con la necesaria ambientación necesitaba una selva y un río, pero encontró ambas cosas en las riberas de Paracuellos del Jarama. Arreglado. Sólo faltaba el poblado de los indígenas que se levantó en los jardines inferiores de los Estudios CEA.




    Los actores: Gloria de Granada hizo una estupenda y sensual Agripina, hechicera de los feroces indígenas. Los exploradores Pérez y Martínez fueron encarnados por Antonio Pino y Jaime G.Herranz, y Luciano Díaz hizo de Mulunga I, jefe de la tribu. Ésta estaba compuesta por jóvenes miembros de la sociedad deportiva La Gimnástica Española, muy popular por entonces, que se prestaron a pintarse de negro a cambio de 5 pesetas por barba y día de rodaje. La mutación se conseguía a base de  una capa de crema de cacao que después cubrían con negro de humo. Aquello era una lata, sobre todo para la encargada de los aseos que siempre se quejaba de lo sucios que le dejaban sus dominios. Pero los muchachos tuvieron una gran paciencia y además se lo pasaron genial.







    

 


 
  

  


        La narración visual venía acompañada de una voz en off que contaba en tono jocoso lo que iba sucediendo. No faltaron además sonido ambiental, cantos de los nativos y una canción de su hechicera. Los textos los escribió Miguel Mihura, quien también prestó su voz. Dado que era una parodia bufa del género, las situaciones y los comentarios son humorísticas pero según el gusto de la época. Era el tipo de humor que gustaba entonces y que el público celebraba: trufado de frases hechas, alusiones castizas, picardías y mucho absurdo. Para entendernos: como de Tip y Coll; casposillo pero gracioso. No obstante Eduardo tenía la doble intención, que no falta en sus dos siguientes cortos, de explicar en sus producciones la precariedad y falta de medios que existía para hacer Cine en aquella España.



 
        Y ya sin más preámbulos vamos a "verla" como solemos hacer. Sean indulgentes y no olviden que tiene 90 años.
 
  

   
    Los exploradores viajan hasta el Africa Central en barco, para lo que se utilizó una generosa secuencia de archivo. Incluso se ve el vapor navegando en mar abierto, derechito hacia su destino.




    Ya en lo que figura ser la selva africana, vemos a los protagonistas acompañados de sus porteadores negros. Como era costumbre en las películas del género, le disparaban a todo lo que se movía. Se combinan secuencias de archivo (nada menos que un tigre en plena África), con la caza de un león que resulta ser de trapo.
 





  


   Siguen apareciendo animales. Al estilo de Hollywood, se ve una manada de elefantes paciendo aunque a continuación sigue otra secuencia con una piara de cerdos extremeños a la carrera.          

         





    Descubren también a un indígena en el río a bordo de su canoa, y naturalmente le disparan también. Éste alcanza espantado la orilla con la embarcación bajo el brazo.




 



Nuevamente tropiezan con un otro animal exótico: un cocodrilo que tomaba el sol en la orilla del río (más imágenes de archivo) y le arrean otro tiro. Al cocodrilo se le ve dando saltos a dos patas delante de ellos, enfadado por el disparo. Es un plano largo y hay que fijarse bien para verlo.



    Como en todas las películas ambientadas en la selva, son sorprendidos por los salvajes, que según la costumbre se los llevan a su poblado para atarlos a un poste, asarlos y zampárselos. 




        Una vez allí, suena un gong y comienza el frenético baile de sus captores. La hechicera Agripina sale de su choza. Canta y baila ante los atemorizados cautivos.








        Contoneándose al ritmo del tam-tam, baila con ademanes sensuales mientras canta:

En la selva es un encanto recibir,

vas desnudo sin tenerte que vestir.

Y los negros te conocen 

y te miran dulcemente,

y no atracan ni asesinan

como es cosa ya corriente.

 



           Cada tanto interviene el coro de nativos:

Agripina,

Agripina,

es una dulce asesina

que a Tarzán encalabrina,

                   No hay betún! No hay betún! No hay betún!

         

    No faltan los bailes alrededor de los exploradores envueltos en llamas. Éstas finalmente alcanzan al poblado entero. Vemos todas las chozas ardiendo y también aparece Mulunga I, un jefe nativo bi-color. 





    
        Alguien exclama: "¡Hey muchachos, que viene la Guardia Civil!" Sueltan a los exploradores y salen todos corriendo.
       La pantalla se queda en negro. Hay que imaginarse la palabra "FIN" porque seguramente no les llegó el celuloide. 

                                *  *  *

    ¿Qué pasó después? Eduardo ofreció su película al cine Actualidades. Su director, Pepe Campúa la vio y le dijo textualmente: "Marotito, no sirve; puedes guardarla en el armario." Aquello no le arredró y se dirigió al cine Panorama. Le cupo la gran suerte de que en aquel momento estaban pasando varias películas cortas norteamericanas para el empresario y su familia. Se prestaron a pasar la suya y las risas de aquel reducido público inclinaron la balanza a su favor.
 


   
        El cine Panorama (más tarde Cine Bogart) estaba especializado en cortos cómicos, de aproximadamente una hora de duración. Programaban lo mismo que el Actualidades pero hasta entonces no habían conseguido una clientela asidua. El empresario contrató Una de fieras por dos semanas prorrogables y además consintió en que se pasase simultáneamente en otro Cine de la Gran Vía: el Avenida. Durante las dos semanas, las colas de espectadores se formaban desde el cine, bajaban por la calle de Los Madrazo, seguían por delante del Teatro de la Zarzuela y se perdían en la calle de Zorrilla. Fue la primera vez que aquel local conseguía tan numerosas colas y también la primera vez que un cortometraje obtenía un éxito tan clamoroso.


Cine Avenida.


        Lo mismo sucedió en el Avenida. Pero después, Eduardo no cedió a la oferta de prorrogar las proyecciones porque el desgaste de la copia con tantos pases no compensaba económicamente. Pero prometió que sus próximas producciones serían estrenadas allí. 

        Con el tiempo rodó -ya se ha dicho antes- Una de miedo y Y ahora una de ladrones, con un éxito de público similar. Pero tras la Guerra Civil  y con la nueva normativa, cada guión que presentaba era rechazado por la Censura con los más pacatos pretextos: Una de pandereta, Una de monstruos, Una de locos...Todo prohibido. ¿Qué habría pasado -se preguntaba Eduardo- si se me ocurre presentar Vidas idiotas, Presidente por un día o Crimen y barullo que tenía en el cajón?

        Nosotros hemos terminado. Esperamos que al menos les haya entretenido esta curiosidad.

            Hasta la próxima.